EL ENSAYO COMO COLECCIÓN

FAROS

La publicación de Cuerpo extraño (Literal Publishing, 2013) de Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) permitió que conociéramos a una ensayista con una mirada inquisitiva que sabía encontrar el lado poético de lo ínfimo, lo cotidiano, aquello que no suele ser motivo de reflexión. En aquel primer libro, el cuerpo (sus inercias, defectos, sensaciones, dolores, secreciones) era apenas el pretexto para conocer lo que la Jazmina Barrera tenía que decirnos sobre sí misma a través de esa interfaz siempre personal que es el ensayo.

Con Cuaderno de faros, la ensayista se propuso leer el mundo como un misterio a partir de uno de sus centinelas más enigmáticos: el faro. El proyecto, escrito de forma fragmentaria puede sintetizarse en una de sus propias líneas: “El faro es a lo lejos un fantasma, más que un mito o un símbolo.”. Al igual que en su libro anterior prevalece el componente autobiográfico, con la diferencia de que aquí adquiere todavía más protagonismo. La estructura semidiarística del volumen (por capítulos y no mediante unidades ensayísticas tradicionales), posibilita la incorporación de muchos momentos anecdóticos que se van integrando a las partes reflexivas en un ir y venir entre lo vivido y lo leído, lo pensado y lo recordado, escrito y lo imaginado para agotar una idea o una obsesión coleccionista: la imagen del faro como metáfora que la ensayista se propone a sondear con el fin, acaso, de aclararse a sí misma el magnetismo romántico de su figura.

En varios momentos, la voz ensayística admite el carácter coleccionista de los textos y la naturaleza acumulatoria de los mismos: “Mientras escribía me di cuenta de que había algo más, algo en el faro mismo que me intrigaba. No sólo era el hecho de que los personajes de la historia y yo nos moviéramos hacia algo, era crucial que se tratara de un faro. Comencé a investigar sobre la historia de los faros, las historias de faros. Y pasó como cuando te enamoras, que quise conocer el faro hasta sus últimas consecuencias. Todos los faros. Todo sobre los faros.” Asimismo, hay un trabajo de investigación formidable: la cantidad y variedad de referencias históricas, anecdóticas y, sobre todo, literarias (Melville, Woolf, Stevenson, Delumeau, Homero, Durrell, Walter Scott, Joyce, Poe, Gorostiza, Franzen, Arreola) son asombrosas.

El mayor riesgo de un libro de esta naturaleza, no obstante, es la monotonía, debido a que no sólo el tema sino el tono y los recursos formales son los mismos de principio a fin con muy pocas variaciones. Creo que la novedad y, sobre todo, la aportación personal (u original si se quiere) se apoya tanto en la variedad de referentes culturales como en la dimensión narrativa (que al ser complemento de las ideas es decididamente anticlimática). Otra cornisa resbalosa sobre la que la autora se ha encaramado es haber privilegiado la descripción y la exploración interior que continuamente hace rodeos y circunloquios (propios de la tradición ensayística, desde luego) que quizá prolongan demasiado el arribo de las reflexiones mismas que, aunque escasas, frecuentemente son bellas, sugerentes y cargadas de interrogantes profundas. Por ejemplo, a partir del curioso comportamiento coleccionista de un ave de Papúa Nueva Guinea, Barrera escribe: “El coleccionismo, ¿no es entonces un fruto de la civilización? ¿No fue la recolección uno de los primeros gestos netamente humanos? ¿Es posible separar la idea de colección de la de cultura?”

El riesgo técnico de Cuaderno de faros quizá impaciente a ciertos lectores que esperan ver en el ensayo siempre tesis explícitas, ideas y argumentos en movimiento cuando muchas veces (y este es el caso), se trata de una indagación subjetiva por los resortes de una obsesión personal que explique, de alguna manera, al infaltable “yo” del ensayo. Hacia el final, el libro cierra con una reflexión teórica sobre la escritura del diario que es, por qué no, una suerte de álbum de colección textual. “Ahora puedo distinguir entre dos colecciones: la de los libros en sí ―los objetos― y la de las experiencias de lectura, que también se codician y acumulan.” Se trata de un cierre melancólico para un libro imperfecto pero a la vez muy hermoso. Quizá no podía ser de otra forma. ¿Hay quien todavía espere encontrar inmovilidad y perfección marmórea en la materia dúctil y escurridiza de nuestro ensayo actual?

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