UN AULA DE PAPEL

critica

Empecé a leer la revista Crítica de la BUAP en el 2007 gracias a un poeta con quien había asistido a un taller literario. Todavía recuerdo aquella portada amarilla. El formato cuadrado. Los interiores a blanco y negro. Los grandes nombres en su índice. La compras en el Samborns, me dijo. Y fui a conseguirla de inmediato.

En retrospectiva, la influencia de esa revista fue decisiva en más de un ámbito de mi vida. Entonces yo apenas iniciaba la licenciatura. Como estudiante joven y emocionado por estudiar literatura en la universidad, y ante el desencanto progresivo por ciertos profesores mediocres, por ciertas clases aburridas, por ciertas lecturas soporíferas y por una estructura educativa que te desalienta porque “la carrera de letras no es para formar escritores”, una revista como Crítica era un oasis intelectual, el referente necesario para estar al tanto de la actualidad literaria y la inspiración que necesitaba para seguir afirmando mi incipiente vocación literaria. Un aula portátil de papel para formarme como lector y como escritor mientras viajaba en el transporte público.

En sus páginas se leían excelentes ensayos de escritores mexicanos y latinoamericanos, así como muchos textos ensayísticos traducidos del inglés y del francés que quizá de otro modo no hubieran circulado en nuestro medio. Cuentos, poemas, fragmentos de novela de escritores de primerísimo orden y también de numerosos escritores jóvenes que apenas estaba dando a conocer su trabajo. Quizá de lo más importante para mí fue la sección llamada “La vigilia de la aldea”.  El nombre me parecía maravilloso para un apartado de reseñas literarias. Un observatorio privilegiado (o torre de francotirador) desde donde se podía monitorear el acontecer del campo literario. Leyendo esas reseñas fue como me nació la inquietud de escribirlas yo mismo. Esa sección, esos textos, los nombres de los colaboradores recurrentes como, por ejemplo, David Miklos, Gabriel Wolfson o Marco Tulio Aguilera, todo eso conformó mi primera escuela, laboratorio y modelo para mis ejercicios iniciales de crítica literaria periodística. Descubrir que un género textual tan modesto y afilado como la reseña podía ser un espacio también para la creación me inclinó a considerarme como un crítico. Sigo escribiendo reseñas desde entonces. Y si un día fundaba una revista, pensaba, sería como Crítica.

Le debo a una revista literaria de una universidad de provincia nada menos que una de las grandes pasiones de mi vida. La verdad sea dicha, Crítica fue una revista extraordinaria. Y para mi época de estudiante significó un ritual bimestral de lectura que me permitió abrir mi horizonte lector a la literatura actual, a la posibilidad de conocer lo que mis contemporáneos producían. Sentía que si quería ser escritor y crítico profesional era mi obligación conocer el trabajo de los otros y leerlos, o ¿cómo esperaba que los demás me leyeran a mí, si me encerraba en la lectura de los mismos autores?

Empecé a leer Crítica desde 2007 y la compré con regularidad durante los siguientes años. Me acompañó durante mi semestre de movilidad en la UNAM. Durante mis dos años de maestría en Cuernavaca y Toluca. En 2014, empecé a tener problemas para encontrarla. También me empezó a faltar tiempo para leerla conforme los números aparecían. De pronto me encontré con que durante dos años la había adquirido sin leerla: dos años de números que acumulaban polvo. Dejó de llegar al Samborns frente a la Universidad Autónoma de Aguascalientes y un día también esa tienda-restaurante desapareció. Dejé de comprar los números en físico pero seguía las publicaciones en las redes sociales, en su blog y después en su página de internet. Alguna vez le escribí a su director, Armando Pinto, quien muy amablemente me respondió que estaban teniendo problemas con la distribución pero que tratarían de solventarlos. Nunca pensé en suscribirme a pesar de que la publicación era muy accesible y hoy me arrepiento de ello. Hacia el final del año pasado, le escribí de nuevo a los editores porque, una vez que ya vivía de nuevo en la Ciudad de México, incluso aquí no la conseguía en ninguna parte. Me volvieron a escribir con mucha cordialidad. Al parecer los problemas de distribución seguían y la revista no se vendía fuera de Puebla. No culpo a la publicación. Su equipo hacía una labor excepcional con un presupuesto seguramente apretadísimo y ultrafiscalizado. En esas circunstancias una revista así es casi un milagro.

Traté de honrar con este relato la revista que yo conocí. Este año la publicación ha presentado una nueva época, con un nuevo formato y creo que una visión renovada. Lo celebro. Y espero también que siga acumulando lectores a los cuales les cambie la vida como a mí. Las páginas de Crítica significaron años de intensa lectura y una educación literaria excepcional que nunca olvidaré.

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