EL MAGO DE ZAPOTLÁN

9786073140096

Para José Israel Carranza “El guardagujas” es síntesis y metáfora de la obra entera de Juan José Arreola: cada texto es un tren que al abordarlo nunca sabemos a bien a bien dónde nos va a llevar. Quizá sea cierto. Arreola en sí mismo es un universo particular, cerrado, laberíntico. A la vez, se nutre de un saber enciclopédico amplio, de un repertorio formal casi inagotable. Todo texto de Arreola tiene detrás otro texto. Al igual que Borges es un escritor intertextual. No por ello es inaccesible. Su estilo diáfano, preciso y poético al mismo tiempo, mantiene viva la obra de uno de los prosistas más virtuosos del idioma.

La obra del autor de Confabulario tiene tres rasgos esenciales: la amplitud formal de su escritura, su imaginación desbordada y su estilo prodigioso. Fue el creador de su propio género textual: la varia invención. Esto le permitió crear un espacio imaginativo alimentado por la Biblia, los clásicos grecolatinos, el canon literario y la sabiduría y el habla popular. Se movía con soltura por el amplio margen de la tradición y la vanguardia. Arreola parece haberse propuesto hacer de cada texto suyo una pieza única, una unidad irrepetible. Aprovechó los géneros convencionales de la literatura  y su dominio de formas textuales no literarias para imbricarlas y mezclarlas en objetos verbales novedosos, chispeantes, que no han envejecido. Lo híbrido parece ser la categoría estética por excelencia de su obra. La lección de este mago oriundo de Zapotlán: la escritura es dinámica, ars combinatoria.

Su creatividad, su naturaleza lúdica, parecía no tener fin. Mujeres amaestradas, migalas sueltas, trenes que no van a ningún lado, dispositivos para transformar energía de bebés en electricidad, científicos capaces de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, cartas respondidas por Dios, hombres con cuernos en la cabeza. El proyecto de Arreola estaba atravesado por la noción de que la realidad no es suficiente, que la literatura es otra cosa. Hay una inclinación particular, una predilección por la fantasía. En muchos de sus cuentos se desliza la crítica social, moral, filosófica o teológica vía el acontecimiento fantástico. Reconoció no sólo su posibilidad estética sino su potencial crítico. Arreola, fabulador erudito, reconfiguró su archivo adquirido a base del autodidactismo en una enciclopedia fantástica borgesiana.

Otro aspecto importante para entender su escritura es el humor. Arreola parece poner de cabeza los significados, las estructuras, la literatura toda. Arreola es imaginación carnavalizada. Una feria literaria. La escritura como un juego. La realidad como posibilidad poética. Pero el humor, no obstante, frecuentemente es amargo, tragicómico (Felipe Vázquez, agudo estudioso de su obra, ha propuesto una lectura trágica y original de Arreola en la que el jaliciense es en realidad un escritor pesimista).

Arreola tiene la virtud de ser un escritor que puede ser apreciado tanto por lectores incipientes como por lectores con ya muchas horas de vuelo. No puedo evitar pensar que como escritor tiene mucho que enseñarnos todavía. Si los lectores principiantes llegaran a tener la inquietud de escribir también (como me pasó a mí mismo), recomendaría: para los cuentistas: Confabulario; para los novelistas, La feria; para los ensayistas, su introducción a los Ensayos escogidos de Montaigne; para los poetas, toda su prosa que es un alarde de dominio técnico, depuración estilística e ingenio poético.

La introducción que Arreola preparó para los ensayos de Montaigne es reveladora. La importancia del yo autobiográfico y la devoción por los clásicos grecolatinos seguramente fueron dos características por las que el autor de Bestiario sentía una enorme afinidad por el padre del ensayo moderno. Hay que recordar que Arreola dio muchas entrevistas y que en todas ellas el componente autobiográfico es central. Como si todas esas conversaciones numerosas fueran una extensión, complemento o pie de página de “De memoria y olvido”, quizá uno de sus textos personales más célebres.

Arreola fue uno de los primeros cuentistas que leí y fue una de las razones por las que empecé a escribir cuentos: aspiraba ingenuamente a emular esos fragmentos milagrosos que conforman su prosa y su imaginación. Creo que la variedad técnica de sus relatos ha sido una inspiración constante ahora que escribo ensayos, y mi preocupación porque cada texto sea diferente al anterior debe venir de mis lecturas iniciales de Arreola. Sus enseñanzas continúan.

Este narrador jalisciense formó muchas generaciones de escritores. Están los testimonios de José Emilio Pacheco, José Agustín o Luis Ignacio Helguera que dejan constancia de su generosidad y carisma. Fue además una excéntrica figura de la televisión, una feliz anomalía que llevó su celebridad y su don de la palabra hacia muchas más personas fuera de las páginas de su obra. El próximo 21 de septiembre se cumple del centenario de Arreola. Su legado narrativo es incalculable y está más vigente que nunca.

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