68: LUZ QUE REGRESA

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La más reciente novela de Fabrizio Mejía Madrid, Esa luz que nos deslumbra (Grijalbo, 2018), cierra un ciclo en su bibliografía. Si en Disparos en la oscuridad (2011) se propuso examinar la figura tenebrosa de Gustavo Díaz Ordaz, el presidente que murió convencido de haber salvado al país de una conjura comunista para derrocar el nacionalismo revolucionario que estaba en el apogeo de lo que Enrique Krauze ha llamado “la presidencia imperial”; si con Un hombre de confianza (2015) indagó en los resortes que hicieron de Fernando Gutiérrez Barrios, jefe de la policía secreta en los años de la guerra sucia, uno de los personajes más temidos y poco conocidos del México contemporáneo; y si en Nación TV (2015) dio a conocer los momentos clave de la consolidación de una de las empresas de comunicación (Televisa) más fieles a un régimen político como pocas veces se ha visto en Latinoamérica; con Esa luz que nos deslumbra, las líneas narrativas abiertas en cada una de esas novelas confluyen y cobran sentido al contar la historia (desde todos los ángulos posibles) de uno de los momentos políticos de mayor importancia simbólica y peso mítico-fundacional en la vida pública del país: el movimiento estudiantil de 1968.

Se trata de una novela inevitablemente polifónica. Un collage de voces simultáneas que se sumergen en la complejidad del movimiento, en la lógica de las decisiones autoritarias de los funcionarios de alto nivel del sistema político de entonces, de las víctimas, de los torturadores, de los héroes y de los traidores, pero también de la gente simple, al margen del conflicto pero inevitablemente tocada y trastocada por él.

La historia, como es de suponerse, es la crónica de una represión anunciada: una de las tesis de la obra es que Tlatelolco fue concertado desde el inicio por parte del gobierno una vez que los estudiantes estuvieron organizándose tras el ataque a la preparatoria de la Ciudadela. Después de eso, vinieron más de cien días que quedarían grabados para siempre: los de un ejercicio de organización social con aspiraciones democráticas para las que ni su sociedad ni su estructura de poder estaban preparados. Como esta es una de las crispaciones sociales más estudiadas de la historia, el mérito de Mejía Madrid no ha sido el de revelar información hasta ahora desconocida o secreta, sino volver a poner en circulación y contextualizar debidamente la cronología de los acontecimientos de ese año aciago, reivindicar a los participantes (otra de las tesis del libro es que la noción de líderes concretos del movimiento fue una invención posterior al encarcelamiento de los miembros más destacados y de su breve exilio en Chile) y revalorar las aspiraciones y contradicciones del movimiento.

Mejía Madrid parece haberse propuesto renovar la dimensión del 68 para una nueva generación de lectores y ciudadanos inconformes que, aunque no vivimos el autoritarismo del PRI, sí hemos padecido sus consecuencias: la guerra contra el narco que ha sido producto de las políticas serviles a Estados Unidos por parte de los recientes gobiernos neoliberales y la corrupción que parece endémica e inextirpable de nuestro sistema político, de nuestra moral pública y de nuestras prácticas idiosincráticas que se han vuelto tristes lugares comunes del perpetuo estado de impunidad presente en todos los niveles de gobierno.

Una solución inteligente de la novela fue no concluir con la masacre de Tlatelolco, lo cual hubiera sido una solución simple en tanto pináculo de los niveles de autoritarismo del antiguo régimen priista, sino con interpretar esta masacre como percutor de la multiplicidad de movimientos sociales y políticos de izquierda cuya culminación histórica, puede decirse, es la reciente victoria democrática de un candidato de izquierda para las elecciones presidenciales, precisamente, a los 50 años de conmemorarse la luz y el fuego indeleble que significó este movimiento para la historia y la vida cívica de la nación. En el universo de la novela, el 68 es apenas el comienzo de los sucesos, casi milimétricamente repetidos, del 10 de junio de 1971, y luego, del ascenso y declive de la estructura política mexicana basada en la obediencia al partido pero también en su involucramiento con el narcotráfico y el crecimiento acelerado e incontrolable de los tentáculos de corrupción e impunidad que todavía no han podido ser suprimidos del todo de nuestra política.

Finalmente, la novela de Mejía Madrid, escrita con la fluidez y velocidad que caracteriza al resto de sus novelas (mismas que se leen como trillers trepidantes, perturbadores por la crudeza de sus imágenes y descripciones, dueños de una transparencia narrativa singular y receptáculos de un archivo producto indudable de un proceso de investigación riguroso y exhaustivo), lo asegura como uno de los autores imprescindibles de nuestra literatura actual de no ficción. Un periodista y novelista formidable.

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