LA MIRADA RETROSPECTIVA DEL NOVELISTA

9788490663998

Tras los penosos y múltiples escándalos que rodearon a la Academia Sueca este año, y después de que se propusiera la creación de un comité alternativo para el galardón anual que más expectativa genera en el mundo literario, el nombre de Haruki Murakami volvió a resonar como uno de los candidatos. Recientemente también, se ha publicado su novela La muerte del comendador (Tusquets, 2018), y quizá sea oportuno revisar las ideas literarias de un autor tan polémico como mediático, tan leído como criticado.

En De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017), hermano menor de De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets, 2010), es una combinación de libro de memorias y ensayo literario en el cual el autor japonés indaga en aspectos concretos de su experiencia como novelista a lo largo de más de treinta años. A través de los capítulos, Murakami cuenta, desarrolla ideas, explora momentos que le permiten redimensionar su trayectoria como escritor profesional a la luz de once temas diferentes: la vocación de ser escritor, sus inicios como autor, los premios literarios, la originalidad, las razones para dedicarse a la escritura, el desarrollo de novelas extensas, la relación entre cuerpo y trabajo literario, la formación académica y su impacto en su vida como autor, la creación de personajes, los lectores y la experiencia internacional como autor en el complicado circuito norteamericano.

No se trata de un libro sobre teoría de la novela, es más autobiografía intelectual con momentos reflexivos; la voz privilegia el carácter falible y humano del escritor, aunque a veces incurre en el cliché. Por ejemplo, cuando reitera cierta ingenuidad prototípica del artista que no sabe muy bien cómo es que descubre su vocación, cómo es que no le faltan temas para escribir, cómo es que acabó convirtiéndose en escritor profesional. Compensa, sin embargo, esta serie de lugares comunes con la recomendación constante, a partir de su propia experiencia, de la disciplina rigurosa como paliativo del proverbial talento del genio distraído.

Murakami no teme exponer las excentricidades de un gremio como el de los escritores que, de forma habitual, desarrolla un complejo de superioridad intelectual (y a veces a hasta moral) casi nunca injustificado, por lo que de cierta forma resulta transgresor que, verbigracia, Murakami juzgue a la novela como un género de escritura al alcance del individuo promedio. La desacralización de la escritura puede leerse como una apología de la improvisación y la carencia de seriedad, pero, insisto, con la recurrencia de Murakami en la importancia de la disciplina personal y la escritura como un hábito, lo que defiende es su potencial democratización que permita la proliferación de una oferta de lectura más nutrida y abundante para los lectores del horizonte posible de todo autor.

A lo largo de los capítulos, se abordan tópicos muy interesantes sobre los cuales, por primera vez, conocemos la opinión del propio novelista: los misterios del talento y la vocación, la relación entre creatividad e inteligencia (según Murakami, las personas demasiado inteligentes no son aptas para escribir novelas), la escritura de novelas como una tarea de bajo rendimiento, las dificultades de su vida previa a convertirse a escritor y las vivencias que le permitieron nutrir su obra, la literatura como un escape constante de la juventud y la escritura no necesariamente como una forma de vocación o destino inescapable (a Murakami le gusta la idea de escribir como una suerte de impulso espontáneo que se sostiene con la disciplina y la voluntad individual), la autocrítica del escritor, la banalidad de los premios literarios y su sobredimensión, la originalidad como una condición en el arte que, cuando se presenta, produce rechazo en el establisment, la singularidad de las creaciones verdaderamente originales, la disparidad de concepciones sobre lo que es lo literario desde la perspectiva del creador frente a la de los críticos y la importancia de la traducción para un autor japonés que sale a conquistar a los lectores de otros rincones del mundo.

De qué hablo cuando hablo de escribir se trata de un libro que adolece de ser acaso demasiado reiterativo, de leerse como un retrato con excesiva falsa modestia y también una falsa ingenuidad un tanto impostada, de un libro de memorias que rodea demasiado y que abusa de la anécdota por sobre la reflexión, pero también es un retrato excepcional y un vistazo privilegiado de la concepción que uno de los escritores de mayor celebridad del mundo (para bien o para mal) tiene sobre el oficio, a veces vilipendiado, a veces lleno de  miedo y tantas dudas, pero también una labor que ofrece satisfacciones únicas como el escribir. Para Murakami, la literatura es una pasión, un trabajo, una forma de vida y también una forma de entender la realidad. A su modo e ingobernablemente.

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